Violencia sexual en la República Democrática del Congo
La violación como arma de guerra
(Charo Ruiz)
El Dr. Mukwege decidió salir a la luz cuando una mañana un padre destrozado le llevó a una niña de tres años a la que habían violado. “Le habían disparado en todas partes. No había nada que se pudiera hacer por ella”, afirma. “El padre empezó a golpearse la cabeza contra una pared, gritando que no había sido capaz de proteger a su hija. Después supimos que ese hombre se suicidó”. Ese mismo día, vio a una mujer de setenta y dos años a la que habían violado delante de su yerno, una relación que se considera sagrada en la cultura congoleña. La mujer dijo: “No me cure, no me cuide. Nunca podré volver y mirar a la cara a mi yerno. Déjeme morir aquí, simplemente no me dé de comer”. “Me di cuenta de que tenía que hablar”, afirma el Dr. Mukwege.
Testimonio del periodista Johann Hari para el diario británico The Independent, 27 de junio de 2006.
Cada día, diez mujeres y niñas violadas acuden al hospital de Panzi, donde su director, Denis Mukwege, debe intervenir quirúrgicamente lo irreparable. Las camas se llenan de mujeres que se acuestan sobre su espalda y que portan bolsas de colostomía a su lado debido a todos los daños internos que han sufrido. “No sabemos por qué ocurren estas violaciones, pero hay una cosa clara”, afirma Mukwege, que trabaja en la provincia de Kivu sur, “se hace para destruir a las mujeres”. Este es uno de tantos testimonios recogidos por el periodista Jeffrey Gettleman para el diario International Herald Tribune (7 de octubre de 2007).
Según las Naciones Unidas, en 2006 se informó de 27.000 ataques sexuales sólo en la provincia de Kivu Sur, y probablemente sea sólo una parte del total en el país. Gettleman recoge en su artículo, más adelante, un testimonio de una víctima a la que violaron cinco hombres: “Continúo sufriendo y tengo escalofríos”, explica Kasindi Wabulasa. Mientras era violada, los hombres pusieron un rifle AK-47 en el pecho de su marido y le hicieron mirar, amenazándole con dispararle si cerraba los ojos. Cuando terminaron, le dispararon de todos modos.
La cultura de la violencia sexual
La naturaleza de los conflictos armados está cambiando. El nuevo objetivo tanto de ejércitos regulares como de rebeldes es la sociedad civil y, en especial, su sector más vulnerable. Niños y mujeres son objeto de las mayores atrocidades orientadas a debilitar a las comunidades de una región, la más rica en recursos naturales de todo el país. El mensaje es claro: nadie está seguro.
La violación por soldados es un acto de tortura, y está claramente prohibida por las normas que rigen los conflictos bélicos y las normas internacionales de derechos humanos. Sin embargo, en casi todos los conflictos armados modernos, tanto nacionales como internacionales, se producen abusos sexuales contra las mujeres porque sus cuerpos se consideran un legítimo botín de guerra.
En la República Democrática del Congo (RDC) la violación no es un accidente de la guerra, sino un arma que es utilizada de manera sistemática como mecanismo para desintegrar la cohesión social y la situación económica de la región. “A muchos infectados por sida los enviaban para expandir la pandemia”, asegura el padre javeriano Donato Lwiyando, sacerdote congoleño y miembro fundador de la ONG África Tumaini.
Parecían haber terminado los días de caos en el Congo, pero las violaciones sexuales van en aumento y el clima de total inseguridad hace crecer el temor a nuevas oleadas de agresiones. Grandes áreas del país, especialmente el este, continúan siendo zonas sin autoridad, donde los civiles se encuentran a merced de grupos fuertemente armados que han hecho de la guerra un modo de vida y sobreviven asolando pueblos y violando a las mujeres.
La cadena estadounidense de radio y televisión, CBS, recoge también las declaraciones del ginecólogo congoleño Denis Mukwege para explicar la naturaleza y dimensión que ha tomado la violación sexual. “No es violar porque los soldados se han aburrido y no tienen nada que hacer. Es un modo de asegurarse que las comunidades aceptan el poder y la autoridad del grupo armado concreto. Es una demostración de terror. Es la utilización de este hecho como arma de guerra”, asegura Mukwege.
Según informes de EURAC, red de ONG europeas que coordina las acciones de denuncia política en África Central, el problema de la violación sexual en los conflictos de África central no tiene correspondencia con la intensidad de las guerras. En los casos de violencia armada en Burundi y RDC, a medida que el conflicto tocaba a su fin, había una mejoría de la situación de los derechos humanos en la región, pero no un descenso de los casos de violación sexual. Es decir, lo inquietante es que un acuerdo de paz o cese al fuego no pone fin a la violencia sexual.
Es obvio que en una primera fase de un conflicto bélico prima el derecho del más fuerte y hay un derroche de hostilidades; una milicia que entra en un poblado vencido consuma su victoria saqueando las casas, degollando a las cabras, bebiendo cerveza y violando a las mujeres.
Es en la segunda fase de un conflicto bélico cuando la violación se convierte en un arma de guerra, no sólo contra la mujer que es violada, sino contra una comunidad entera, con el único fin de desintegrarla.
El estigma social
"Cuando una mujer es violada, no es sólo ella la violada. La comunidad entera es destruida", declara para CBS Judithe Registre, miembro de Women for Women International, una organización sin fines de lucro que trabaja para empoderar a las mujeres que viven en zonas de conflicto en todo el mundo.
"Cuando ellos cogen a una mujer para violarla, colocan a la familia para que lo vean, hacen mirar a otros miembros de las comunidades para que sean testigos. Les obligan a mirar. Y lo que esto significa para la mujer violada cuando todo termina, es la vergüenza total, por haber sido violada ante tanta gente", enfatiza Registre.
Cuando se producen violaciones sexuales masivas, las víctimas y sus familias deben soportar las consecuencias físicas, psicológicas y emocionales, además de los enormes estigmas sociales. Muchas mujeres y niñas violadas son rechazadas por sus maridos o sus padres y deben abandonar sus comunidades; otras muchas ya no pueden ir a los campos a trabajar, o las niñas no se atreven a ir a la escuela. Las mujeres se quedan entonces solas para buscarse su sustento y el de sus hijos, y por lo general se ven privadas de los medios económicos de supervivencia.
La violación como arma de guerra se está utilizando para debilitar la cohesión social y económica de la sociedad y destruir el bastión de la vida africana, la mujer. Así lo plantea Donato Lwiyando, miembro fundador de la ONG África Tumaini, dedicada al rescate y reinserción de las víctimas sexuales en Kivu: “El rechazo de la familia hacia la persona violada se produce por dos motivos: el primero, por el miedo que tienen de poner en peligro a la familia si los guerrilleros vuelven a sus hogares a secuestrar de nuevo a la mujer. Y el segundo, por la vergüenza que sienten los hombres de no poder haber protegido a sus mujeres. Eso, por no hablar de la marginación que sufren las mujeres que se quedan embarazadas de sus violadores, que suele ser la mayoría”.
Cuando la violencia sexual se ha instalado en la cultura misma durante el conflicto, el acto sexual se convierte en algo que se toma cuando se siente necesidad, y la mujer se reduce a algo consumible que se tira tras ser utilizado. De esta forma lo manifiesta el director de EURAC, Kris Berwouts: “Los autores de estos crímenes no son ya solamente los combatientes o las milicias no siempre identificables, sino las fuerzas regulares del orden y cada vez más los actores no armados, como los miembros de las familias, los vecinos, los amigos o los profesores”.
Carta blanca a la impunidad
En las regiones en las que se han producido violaciones de forma masiva, la violación puede convertirse en algo normal dentro de la sociedad y ser aceptado como una desgracia inevitable. No existe respuesta judicial y los perpetradores quedan en completa impunidad.
A pesar de que las legislaciones internacionales (Convenios de Ginebra; Estatuto de Roma de la Corte Penal Internacional (CPI), ratificado por RDC; Protocolo a la Carta Africana de Derechos Humanos y de los Pueblos relativo a los derechos de la mujer en África) tipifican la violación sexual contra las mujeres como un delito contra el derecho internacional humanitario, como crimen de guerra y de lesa humanidad, y a pesar de que la legislación nacional congoleña (Ley nacional de 2006 sobre la violencia sexual) prevé duras penas para la violación y mayor protección a las víctimas, en la práctica, raramente se aplica.
Los funcionarios judiciales congoleños disponen de medios muy limitados para realizar investigaciones y procesamientos. La escasez de servicios de salud y su falta de accesibilidad para gran parte de la población explica la dificultad de obtener los atestados necesarios para los trámites jurídicos. Otras víctimas no entablan procedimientos jurídicos debido a la ignorancia o por sufrir presión social. Otras prefieren no esforzarse o no gastar lo necesario para estos procedimientos porque saben que las penas más duras prácticamente no se dictan.
Además, muchas mujeres y niñas que viven en zonas controladas todavía por grupos armados tienen miedo de sufrir represalias si intentan denunciar la violación o solicitar atención médica tras haberla sufrido.
En la mayoría de los casos, los agresores que son detenidos salen a la calle al día siguiente, o bien son las propias autoridades militares quienes les ayudan a fugarse. Así lo explica el coronel Toussaint Muntazini, abogado general en la alta Corte militar, en el seminario organizado por el Instituto de Estudios Jurídicos Internacionales de Defensa del Ejercito Americano (DILS): “la realidad a veces es más complicada de lo que parece: la impunidad se debe a veces a que los empleados judiciales no siempre cuentan con medios. Les faltan medios para desplazarse, para acceder al lugar de los hechos .Tampoco tienen medios para investigar, sobre todo pruebas de ADN por ejemplo. Deben colaborar con expertos médicos, sin embargo en muchos sitios no hay estructura médica. Además hay otros factores ligados a la propia estructura del ejército, que favorecen la impunidad. Los comandantes de algunas unidades a menudo protegen a sus hombres autores de estos hechos”.
Un Informe de Amnistía Internacional publicado el pasado mayo, denuncia que, en algunos casos, se toman medidas informales para castigar a los presuntos delincuentes, como ordenar que se les azote, y ofrecer una indemnización, con dinero o ganado, a la víctima o a su familia, pero que en muy pocos casos se les pone a disposición judicial. Esta impunidad, unida a la persistente inseguridad, hace que las mujeres y las niñas vivan con miedo a sufrir nuevas agresiones o represalias.
La investigadora de derechos humanos, Van Woudenberg, se muestra muy crítica al respecto. “El sistema judicial está de rodillas en el Congo. Puedo contar con los dedos de una mano el número de casos de los que sepamos que se han llevado a juicio. En la práctica, aquí la gente se libra de la violación y del asesinato. Las posibilidades de detención son nulas”.
El rastro de los agresores
A pesar de la Resolución 1.325 de octubre de 2000 del Consejo de Seguridad de la ONU, que insta a los agentes de seguridad a comprender cómo afectan los conflictos armados a las mujeres, todavía no se ha producido un cambio significativo en la actuación de las fuerzas armadas que tiene como misión garantizar la seguridad de la población. Las agresiones a las mujeres ocurren fuera de los espacios generalmente patrullados por las fuerzas de paz: hogares, bosques, campos de cosecha y caminos entre las aldeas y pozos de agua. Además, las víctimas no se atreven muchas veces a denunciar el crimen debido a la vergüenza que sienten y a la falta de confianza ante los mismos agentes de seguridad.
La mayoría de las ONG congoleñas han expresado su preocupación por el constante aumento del número de violaciones cometidas por civiles, que consideran una consecuencia directa de la persistencia del conflicto y la impunidad en la provincia. Según el informe publicado por Amnistía Internacional, que recoge testimonios directos de víctimas y testigos de agresiones sexuales en Kivu septentrional, el 40% de las violaciones registradas en 2007 en el territorio de Lubero habían sido de niñas menores de 18 años. El 20% de estos casos de violación se habían atribuido a soldados de las FARDC; el 16%, a miembros de las milicias mayi-mayi, y el 11%, a combatientes de las FDLR (el CNDP no tiene una presencia importante en el territorio de Lubero). Según los informes, las agresiones restantes habían sido cometidas por civiles.
En casi todos los casos, las víctimas y testigos describen a los agresores como jóvenes con pistolas de ambos bandos de la contienda: soldados mal pagados y a menudo amotinados del gobierno, milicias locales, o miembros de grupos rebeldes de Ruanda y Uganda que han desestabilizado la zona durante los últimos diez años en busca de los recursos naturales del suelo congoleño.
Willermine Mulihano explica que la violaron dos veces: primero, hace dos años, unos milicianos hutu y después, en julio, los soldados de Nkunda. Dos soldados le mantuvieron las piernas separadas, mientras que otros tres se turnaron para violarla. “Cuando pienso en lo que ocurrió”, explica, “me siento angustiada y destrozada”. También se siente sola. Su esposo se divorció de ella después de la primera violación, acusándola de tener alguna enfermedad, según recoge el periodista Jeffrey Gettleman para el diario International Herald Tribune.
En algunos casos, los ataques se realizan sobre civiles que ya están atrapados en el fuego cruzado entre los grupos combatientes. En un pueblo cerca de Bukavu donde violaron a 27 mujeres y asesinaron a 18 civiles, los atacantes dejaron una nota escrita en swahili explicándoles que la violencia continuaría hasta que las tropas del gobierno abandonaran la zona.
Esperanza para África
Treinta y dos años de sanguinaria dictadura, diez años de guerras… y más de 13.000 mujeres violadas en la República Democrática del Congo en lo que llevamos de año. La mayoría de las víctimas de entre 13 y 20 años. Especialmente dramático es el caso de muchas adolescentes que han tenido que abandonar sus poblados huyendo de los invasores ruandeses hacia las ciudades, en particular hacia Bukavu, capital de la provincia de Kivu sur.
“Las que no han tenido suerte de encontrar familias de acogida, se han quedado en la calle”, manifiesta la ONG África Tumaini. “Algunas han caído en redes de prostitución donde están siendo explotadas sexualmente. La prostitución de menores es nueva en Bukavu y la prostitución en cuanto tal, está muy mal vista en el Congo. Entre esas chicas, se encuentran muchas menores de edad, de entre 12 y 17 años. Según las investigaciones de nuestro equipo en Bukavu, hay cerca de 86 menores víctimas de redes de prostitución”.
África Tumaini (que significa “Esperanza para África”) se dedica a rescatar a menores de la explotación y abuso sexual al que están sometidas y realizar un seguimiento de todas aquellas que desean salir de los prostíbulos. La ONG local ha creado una casa hogar de acogida, además de proporcionar a las víctimas asistencia médica y psicológica y ofrecerles oportunidades de futuro a través de formación profesional.
A pesar de la falta de protección por parte del estado congoleño de las mujeres víctimas de violaciones, la sociedad civil está articulando estrategias de resistencia, y hay tentativas de organizaciones comunitarias de base que apuestan por el restablecimiento de la cohesión social. Es el caso también de la ONG Women for Women International, que capacita a las supervivientes de violaciones en labores y habilidades con las que poder ganarse la vida. Para muchas de estas mujeres, es la primera vez que han estado en un aula.
Aún así, se hace necesario que el gobierno de RDC inicie una investigación de todas las denuncias de violación y garantice que todos los agresores pasen a disposición judicial. Para que haya verdad, reparación y justicia, es urgente que los magistrados cuenten con los medios materiales y financieros con los que llevar a cabo los procesos judiciales. De la misma forma que el estado debe asegurar servicios médicos y psicológicos para la rehabilitación de las víctimas y la reparación del daño. El problema radica en el planteamiento del conflicto; mientras la violencia sexual no sea considerada como método de guerra, ni como un problema de seguridad, sino como tradicionalmente se ha visto, como un problema de carácter humanitario, no se tomarán medidas preventivas.
Víctimas del coltán
“Cada día pienso en la gente que encuentro en las zonas en guerra del Este del Congo cuando informo desde allí. Las salas de hospital están llenas de mujeres que han sido violadas en grupo por las milicias y disparadas en la vagina. Los batallones de niños soldado – drogados, aturdidos chicos de 13 años - a los que se ha hecho asesinar a miembros de sus propias familias para que no puedan intentar escapar y regresar a casa. Pero curiosamente, según veo la guerra comenzando de nuevo en la CNN, me encuentro pensando en una mujer que encontré y que no había, según los estándares congoleños, sufrido in extremis.
Conducía un día de regreso a Goma desde una mina de diamantes cuando se pinchó una rueda. Mientras esperaba el arreglo, me quedé junto a la carretera mirando la gran fila de mujeres que se tambalean por todas las carreteras del este del Congo, llevando todas sus pertenencias sobre sus espaldas en enormes y agobiantes montones. Paré a una mujer de 27 años llamada Marie-Jean Bisimwa, que llevaba cuatro niños pequeños caminando a su lado, inseguros. Me dijo que tenía suerte. Sí, habían quemado su poblado. Sí, había perdido a su marido en algún lugar del caos. Sí, su hermana había sido violada y había quedado infectada. Pero ella y sus hijitos estaban vivos.
La llevé en el coche, y sólo después de algunas horas de charla por caminos llenos de baches me di cuenta de que había algo extraño en los niños de Marie-Jean. Estaban caídos hacia adelante, sus ojos fijos al frente. No miraban alrededor, ni hablaban, ni sonreían. “No he podido alimentarles nunca”, dijo, “Por la guerra”. Sus cerebros no se habían desarrollado; ahora ya nunca lo harían. La dejé en un poblado de los alrededores de Goma, y sus hijos iban tropezando detrás de ella, sin expresión alguna. Probablemente nunca utilizarán un teléfono móvil fabricado con coltán, una lata de legumbres de casiterita fundida o un collar de oro… pero pueden morir por uno de ellos”.
Testimonio del periodista Johann Hari para el diario británico The Independent, 2 de noviembre de 2008.
Romper el silencio
Empezó con un hospital lleno de mujeres a las que violaron a punta de pistola y a las que después dispararon en la vagina. Esto es el Hospital Panz, en Bukavu, el único hospital que está intentando atajar el estallido de violencia sexual en el Congo oriental. La mayoría de las mujeres se han envuelto completamente en mantas, de forma que sólo se les puede ver los ojos. Uno de los médicos, el Dr. Denis Mukwege afirma, “a un 10% de las víctimas les ha ocurrido esto; estamos intentado reconstruir sus vaginas, sus anos, sus intestinos. Es un proceso muy largo”.
El médico explica la historia secreta del hospital. “Empezamos con una catástrofe que simplemente no podíamos entender. Un día, al principio de la guerra, asaltaron la furgoneta de UNICEF que él usaba. Unos días después una abuela trajo aquí, sobre sus espaldas y tras ocho horas andando, a su nieta. Nunca he visto nada igual. La operé en una mesa sin equipamiento, sin medicamentos”. Ella fue la primera. “De repente empezaron a venir tantas mujeres con lesiones de violaciones y heridas que nunca jamás lo hubiera podido imaginar. Nuestra mente no es capaz de imaginar lo que han sufrido esas mujeres”. Estos ejércitos en disputa han descubierto que violar es un arma muy eficaz en esta guerra. Naciones Unidas estima que en esta pequeña provincia de Kivu Sur han violado a unas 45.000 mujeres, sólo el año pasado. “Destruyen la moral de los hombres a cuyas mujeres han violado. Dejando inválidas a las mujeres, dejan inválida su sociedad”, explica. Hubo tantas milicias por los alrededores que el Dr. Mukwege tuvo que mantener en secreto su trabajo, las mujeres estaban aterrorizadas por temor a ser secuestradas otra vez y asesinadas. Así que, durante años, las estuve tratando clandestinamente, asumiendo el riesgo.
Testimonio del periodista Johann Hari para el diario británico The Independent, 27 de junio de 2006.
La semana pasada, África Tumaini habló en Onda Voz, en su programa "Mi nuevo mundo". Onda Voz nos dió la oportunidad de explicar las motivaciones que llevaron a formar África Tumaini, la situación en la República Democrática del Congo, la problemática de la violación como arma de guerra y los objetivos de nuestro proyecto de rescate y reinserción social de las niñas violadas, que se ven obligadas a prostituirse.
Agradecemos a Onda Voz que nos haya dado la oportunidad de dar a conocer estas circunstancias y nuestro proyecto a todos sus oyentes.
La asociación ALEZEIA, a través de su revista "A tu salud" (revista de educación para la salud y reconocida de interés científico sanitario por la Unesco) se ha hecho eco, en su número de diciembre de 2008, de la labor de Tumaini y ha publicado el último boletín de nuestra asociación: Del sueño a la realidad de la casa de acogida de niñas prostituidas.
Desde aquí damos las gracias a Alezeia por apoyarnos en nuestra labor con la difusión de nuestro proyecto.
ÁFRICA TUMAINI participará en las Jornadas Internacionales sobre Infancia y Adolescencia que organiza Análisis Freudiano con la colaboración de la Universidad Pontificia de Comillas de Madrid. La Secretaria de ÁFRICA TUMAINI intervendrá en la mesa redonda "Los niños y la guerra" que se celebrará el día 20 de noviembre a partir de las 17:30 h. en C/ Alberto Aguilera, 23 - Madrid (Metro Argüelles).
Se puede solicitar el programa de las jornadas al siguiente e-mail: cleal123@telefonica.net.
• Treinta y dos años de sanguinaria dictadura, diez años de guerras… y más de 13.000 mujeres violadas en la República Democrática del Congo en lo que llevamos de año. La mayoría de las víctimas, de entre 13 y 20 años. Mientras los hombres guerreaban, las mujeres sacaban las familias adelante.
Reportaje por: Karin CABRERA - Interviú
05/05/08
Kinja, de 14 años, volvió a casa tras un agotador día de trabajo en los arrozales cercanos a la ciudad de Bukavu, capital de la provincia de Kivu del Sur, al este de la República Democrática del Congo. Compaginaba esta dura tarea con los estudios de sexto de primaria, algo en lo que ponía mucho interés porque sabía que su futuro dependía de ello. Pero esa noche unos salvajes le robaron su sueño. Y su infancia. “Unos militares entraron en nuestra casa y nos pidieron dinero. Mi padre les dio tres conejos y todo el dinero que teníamos. Me cogieron de donde estaba escondida y le dijeron a mi padre: «Nos llevamos a ésta, ella será nuestra mujer»”. Kinja relata impasible a interviú el calvario que truncó su vida para siempre. “Me ataron las manos con el pañuelo de mi madre para llevarme hacia Cikundushi [una aldea del municipio de Nindja, a unos 30 kilómetros de Bukavu]. Esa misma noche sangré por aquí abajo...”.
Kinja es una de las once chicas que han sido rescatadas por África Tumaini, una ONG española enfocada a la protección social para las víctimas de la explotación sexual de la ciudad congoleña de Bukavu, enclavada en una zona montañosa de 1.450 metros de altitud bordeando el lago Kivu, que baña los estados de Ruanda y de la República Democrática del Congo. El objetivo del proyecto es crear un centro de acogida, apoyo y formación que dará cabida al menos a 30 mujeres. Los resultados que se esperan son, entre otros, establecer en algunos casos y restablecer en otros los procesos formativos y educativos de las menores residentes para llegar a una reinserción social y laboral. Para Cándida Leal, una de los tres promotores de la asociación África Tumaini, “este proyecto tiene riesgos: la reaparición del conflicto bélico y la posible oposición al proyecto de los proxenetas, pero confiamos en que nada se interponga en nuestro camino”.
Española altruista
Esta madrileña de 54 años licenciada en Psicología Social, y en su día una ejecutiva agresiva, comenzó su andadura humanitaria en el Comité de Solidaridad con África Negra, que forman un grupo de personas sensibilizadas por la situación de injusticia, pobreza y miseria de los pueblos de ese continente. En el comité, Cándida conoció al padre Donato, un cura javeriano (de la orden de San Francisco Javier) natural de Bukavu. Fue él quien descubrió, al regresar a su ciudad, en 2006, que las violaciones a niñas y mujeres y la prostitución forzada se habían convertido en un método cotidiano de humillación hacia la mujeres. “Algunas niñas son violadas por guerrilleros de la Federación Democrática de la Liberación de Ruanda [los llamados hutus ruandeses, eterno rival del grupo étnico de los tutsis, que llevaron a Ruanda a las más denigrantes purgas raciales], pero también rebeldes inclasificables e incluso el actual Ejército Nacional han sido acusados de cometer estas barbaridades –aclara el padre Donato–. Pero lo más importante no es quién viola, que también, sino el hecho de violar a mujeres y niñas que no han hecho más que sobrevivir a constantes guerras y luchar por sacar adelante a sus familias. Se ha convertido en algo cotidiano; ya incluso hay violaciones en plena calle y a la luz del día. Nadie castiga y la situación se está volviendo incontrolable”.
Kinja ha decidido ser una de las primeras en contarle al mundo, aunque entre el dolor y la impotencia, las vejaciones a las que sus compatriotas someten a las niñas en su país. “Después de violarme la misma noche del rapto, me llevaron junto a otras nueve chicas a la selva. Allí me violaban día y noche. Había un señor que nos ‘guardaba’, pero durante el día, cuando los demás no estaban, también nos violaba”. Su astucia, mezclada con la inconsciencia de la edad, la ayudó a recuperar la libertad. “Una vez nos mandaron a recoger leña –cuenta desde sus ojos tristes y negros– y aprovechamos para escapar y desaparecer en la selva toda la noche”. Al día siguiente se refugiaron en una iglesia de Kaniola, una de las ciudades que están en el punto de mira de los guerrilleros, a la espera de que sus padres las recogieran. Sin embargo, ellos nunca acudieron a su rescate: “Nuestros padres tenían miedo a que los militares volvieran a por nosotras; por eso ahora estoy aquí, en la casa de acogida de África Tumaini”.
El padre Donato afirma que esta reacción es la más frecuente entre los familiares de las mujeres que han sufrido violaciones. “El rechazo de la familia hacia la persona violada se produce por dos motivos: el primero, por el miedo que tienen de poner en peligro a la familia si los guerrilleros vuelven a sus hogares a secuestrar de nuevo a la mujer. Y el segundo, por la vergüenza que sienten los hombres de no poder haber protegido a sus mujeres. Eso, por no hablar de la marginación que sufren las mujeres que se quedan embarazadas de sus violadores, que suele ser la mayoría”.
Un poder envidiado
Los africanos suelen decir que quien educa a una mujer educa a todo un pueblo. Pero este pensamiento parece haber perdido peso a lo largo de los años, por lo menos en la República Democrática del Congo. La guerra es el ejemplo más ilustrativo de las relaciones de dominación de la mujer por el varón, donde tanto las tropas regulares como los rebeldes se creen con derecho a que las mujeres les presten servicios sexuales. A los hombres les corroe la impotencia observar cómo, mientras ellos hacían la guerra, sus mujeres tomaron el mando en una sociedad aparentemente patriarcal. La única manera de frenar su liderazgo es humillándolas, y en este país eso se traduce en violación y prostitución forzada. “Conozco cerca de 90 menores víctimas de redes de prostitución –cuenta el padre Donato, cuya asociación ha investigado los casos–. Las niñas son trasladadas a casas de la tolerancia, como llaman ellos a los prostíbulos, y cobran un dólar por el servicio, dinero que entregan a los explotadores”. Donato visitó una de estas casas: “Expliqué a las niñas nuestro proyecto y las animé a escapar de esa situación ofreciéndoles una alternativa”.
A esta alternativa se han acogido hasta el momento once mujeres. Es el caso de Francine Mukuzo, de 23 años: “Estaba casada con un militar congoleño que no se ocupaba de mí. Tuvimos una hija que ya tiene cuatro años. Lo destinaron a no sé qué lugar y fue entonces cuando una noche los hutus del antiguo ejército ruandés invadieron nuestro pueblo y me secuestraron junto a otras 16 chicas. Nos violaron en la selva, día y noche, cada uno como quería... No teníamos la posibilidad de defendernos. Perdí la noción del tiempo. El dolor era insoportable y sangraba mucho. No nos daban comida, sólo lo justo para aguantar. Nos habíamos convertido en sus esclavas sexuales”. Francine consiguió escapar y ahora se refugia con su hija y su hijo, nacido de las vejaciones que sufrió en la selva, en la casa de acogida que la ONG española les ha preparado.
Muchas de las mujeres que se encuentran en el refugio de Bukavu han perdido el contacto con sus familias. Algunas, porque no saben si los suyos sobrevivieron a los ataques de los rebeldes, y otras, porque han sido rechazadas. “No sé si mis padres viven –dice Furaha Bahana, a punto de dar a luz, otra de las chicas acogidas por África Tumaini–. Sólo sé que me rechazaron una vez, porque estaba embarazada después de que los guerrilleros hutu entraran de noche en nuestro pueblo, nos secuestraran y nos llevaran a la selva para violarnos sin descanso. Fue horrible…”.
Ahora, la única familia de Furaha son sus compañeras y, pronto, su bebé. Es el futuro que ha decidido junto a otras diez mujeres que confían en que un día sus hijos les agradezcan la valentía de haber escapado de aquellos que durante un tiempo se creyeron con derecho a aniquilarlas.
26.03.08 @ 15:52:23. Archivado en Política Exterior Santa Sede
Copia una carta que he recibido. La firma el padre Donato Lwiyando. Dice que "desde 1998 hasta 2007, una guerra de agresión ha azotado la RD Congo, y ha causado la muerte de más de 4 millones de personas, más de 25.000 mujeres violadas en el este del país. Entre las víctimas se encuentran chiquillas menores de edad, que han sido violadas, y que al huir ante el peligro de nuevas violaciones y la muerte que les amenazaba en sus poblados, han caído en redes de prostitución y están siendo explotadas sexualmente.
Los objetivos fundamentales de nuestro proyecto son:
• Rescatar a las chicas, en particular a las menores de edad, de las burdeles donde están siendo explotadas sexualmente.
• Proporcionarles una morada digna y un seguimiento psicológico.
• Proporcionarles una formación profesional que les permita prepararse para el futuro.
• Facilitarles una reinserción social después de tres años de formación.
• Acompañarlas en los primeros meses de reinserción.
Estamos desarrollando dicho proyecto junto con MEPED (Movimiento de Educación y de Promoción para la Infancia Desvalida), una organización no gubernamental de Bukavu, en el este de la RD del Congo, que es la ciudad que más ha sufrido por la guerra de agresión que ha padecido el Congo. Desde marzo de 2007, hemos alquilado una casita de acogida y actualmente viven cinco chicas rescatadas, con unos bebés de 2 años y de 2 meses.
Hemos conseguido ya una financiación para construir una casa de acogida, pero nos falta lo necesario para el mantenimiento de las chicas (alimentos, ropa, medicamentos…). Hasta ahora han sobrevivido con lo mínimo, tanto en comida como en cuestiones sanitarias.
Por tanto, nuestra propuesta de Campaña para este año 2008 consiste en apoyar económicamente este proyecto de rescate de niñas prostituidas. Actualmente, el coste de mantenimiento en acogida de una chica al mes es de 45 euros. Sabemos que pueden ser casi 100 las menores víctimas de esta esclavitud sexual y queremos ayudarlas a todas.
Gracias por su aportación económica.
Para más información:
Padre Donato Lwiyando
+34 677 329 020
contacto@africatumaini.org
Fuente: http://blogs.periodistadigital.com/desderoma.php/
Un grupo de congoleños saca a chicas de un prostíbulo
La prostitución tiene puerta de salida
Son apenas un puñado de chicas explotadas sexualmente tras la guerra de Congo, que han encontrado un refugio para dejar la prostitución; pero, dentro de poco, pueden ser bastantes más y tener la formación y ayuda que necesitan para iniciar una nueva vida
Algunas de las chicas atendidas por MEPEDM Donato Lwiyando lleva a sus espaldas un par de décadas de trabajo en su país, Congo, y en Camerún, con jóvenes y con niños de la calle. Los años que lleva en Madrid estudiando son ya muchos para este misionero javeriano, y está deseando volver a África, donde le espera un proyecto, en el sentido más literal. Menores desplazadas por la guerra, violadas y explotadas sexualmente, sólo cuentan, de momento, con una casita para los peores casos y con alguien que las escuche, aunque Donato espera poder ofrecerles más pronto.
La guerra que vivía Congo desde 1996 empeoró en 1998, cuando tres países vecinos lo invadieron. La peor parte se la llevaron los poblados de la selva, donde los militares robaban, mataban, violaban y secuestraban a niñas como esclavas sexuales. Las que buscaban refugio en las ciudades como Bukavu tampoco encontraron una salida fácil, pues eran núcleos ya empobrecidos por el éxodo de refugiados ruandeses de 1994. Para muchas no había más sitio que la calle, donde no tardaron en ser captadas por las redes de prostitución. «Aunque ellas no quisieran -explica Donato-, tenían que aprovechar para sobrevivir». El dólar que ganan al día lo entregan a los explotadores.
Donato tuvo, por primera vez, noticias de esta situación, de boca de la Congregación local de las Doroteas de Cemmo. Para conocer la situación de cerca, visitó una de las casas de la tolerancia -así se llama el prostíbulo-, disfrazado: «Había muchas niñas. No sabían si sus padres vivían o dónde estaban». El alcalde le explicó a Donato que en alguna ocasión había mandado a la policía a detener a los explotadores, pero «no había medios para hacer algo por las menores, y éstas, al verse sin otra salida, consiguieron reunir el dinero para sacarlos de la cárcel».
Durante la primera visita a las chicas, Donato ya les había empezado a hablar «de salir de esa situación, de cambiar de vida, empezar a estudiar, etc. A la semana siguiente, siete estaban dispuestas». La ilusión había llegado muy por delante de las posibilidades concretas de hacer algo. Donato tenía que dejar el país al poco tiempo, y las doroteas, con sólo dos religiosas y un puñado de estudiantes, y trabajo en un hospital y con niños desnutridos, no podían hacerse cargo de las chicas. Donato compartió su enfado e impotencia ante el problema con un grupo de jóvenes laicos, y cuatro mujeres se ofrecieron a, por lo menos y de momento, ser un punto de referencia para las chicas, hablar con ellas, hasta que se pudiera hacer más. Era junio de 2006.
En primavera de este año, las circunstancias obligaron a dar otro empujón al proyecto: tres chicas estaban embarazadas, y una cuarta había dado ya a luz. No podían quedarse en el prostíbulo ni volver a sus poblados, y parecían abocadas a abortar. El pequeño grupo de apoyo, formado por cuatro mujeres y un par de hombres alquilaron una casita y crearon la asociación MEPED (Movimiento Educación y Promoción para Niños Desvalidos). Hasta ahora, todos los implicados, laicos y religiosos, son nativos que hablan el idioma local, y conocen de primera mano las circunstancias que han llevado a las chicas a su situación actual.
El grupo de chicas (alguna se ha ido, y otras han llegado de un poblado tras ser violadas) se mantiene casi únicamente con el dinero que Donato y otros mandan desde España. Encontrar un trabajo no es fácil, en gran parte por el estigma de la prostitución. Por el mismo motivo fracasó un primer intento de alojarlas con familias de acogida, pues «las familias se preguntan: ¿Qué pasa si convencen a nuestras propias hijas para que también se prostituyan? Si les llegaran chicas con una formación y posibilidad de encontrar trabajo, sería diferente», explica Donato.
Su proyecto es que la casa de acogida fuera un lugar donde, en dos o tres años, a las chicas se les diera una formación laboral y también seguimiento psicológico, pues «han sido violadas, no saben si tienen familia, y han estado sometidas a maltratos continuos en el prostíbulo». La formación se realizaría en colaboración con una escuela de las doroteas, donde aprenderían labores, o con un centro de los jesuitas, para aprendizajes más técnicos. En su propia casa podrían adquirir nociones de ganadería, repostería, agricultura...
En cuanto a las chicas que siguen en el prostíbulo, dos mujeres se mantienen en contacto con una veintena de chicas interesadas. Se reúnen con ellas, ven cómo se encuentran, y las ayudan con lo que sea necesario, como por ejemplo a conseguir medicinas si las necesitan. Estas mujeres, que son cristianas, les ofrecen también su punto de vista sobre lo que están viviendo. Y, todos los sábados, se reúnen con una religiosa, también nativa. Así, quienes se han implicado en MEPED se mantienen al tanto de la situación hasta que el proyecto se pueda poner en marcha del todo.
María Martínez López
Esperanza para África
Un grupo de españoles que ha conocido la situación de las chicas explotadas a través de Donato ha creado la asociación África Tumaini (Esperanza para África), que se encarga de conseguir y enviar dinero para la manutención de las chicas que han salido del prostíbulo. Más información: 677 329 020; e-mail: contacto@africatumaini.org
Publicado en: Alfa y Omega - nº 573 - 27/12/2007
Nace ‘África Tumaini’ para rescatar a las niñas violadas y prostituidas del Congo
Precisan de ayuda urgente para liberarlas del SIDA, la guerrilla y los ‘chulos’
Tras la pacificación relativa del Congo queda una ingente labor de reconstrucción. Uno de los efectos de la guerra ha sido la aparición del fenómeno de la violación y la prostitución infantil. Las niñas huyen de los poblados arrasados por invasores. Muchas no encuentran refugio en las ciudades y acaban en los círculos de la prostitución infantil. Un misionero congoleño y un grupo de españoles trabaja para rescatar a esas niñas de un presente humillante e indigno, carente de futuro
Por Luis Losada Pescador
El P. Donato Lwiyando es un misionero javeriano congoleño. Reside en España mientras completa sus estudios de Teología. En junio de 2006 viaja al Congo de vacaciones y se encuentra con un fenómeno hasta entonces desconocido: la prostitución infantil. “Muchas niñas huyeron de los poblados a las ciudades huyendo de los invasores de Uganda, Rwanda y Burundi que robaban ganado y cosechas y violaban como abuso, pero también como arma de guerra; a muchos infectados del SIDA los enviaban para expandir la pandemia”, explica a ALBA.
Algunas de estas chicas lograron ser acogidas por las familias de las ciudades. Otras no tuvieron tanta suerte. Sin saber dónde se encontraban sus padres o sus hermanos acabaron en las eufemísticas ‘casas de tolerancia’. “Yo no podía soportar esa situación; teníamos que hacer algo”, señala este misionero javeriano que explica que el espíritu de su orden es la primera evangelización y la Justicia y Paz. ¿Turismo sexual? “No, no es ese el problema; son sinvergüenzas locales”. Así que consigue reunir a cinco chavales que le acompañen a los prostíbulos a rescatar a esas niñas. “Me quité el crucifijo y las gafas y entré como un cliente más”. ¿Por qué las gafas? “En el Congo se suele relacionar con sacerdote o seminarista”, explica.
Recorrieron cinco de estas ‘casas de tolerancia’ y hablaron con decenas de chicas. ¿Cómo lo hacíais? “Bueno, hay que salir a negociar el precio, porque el abusador exige un dólar por ‘servicio’, pero las chicas exigen 4 ó 5 para ganar algo; obviamente en lugar de negociar, hablábamos con ellas”. Todas querían salir. “Había que buscarles una familia de acogida”. No era fácil. La guerra había devastado también las economías familiares de las ciudades. Pero es que además, no todas las familias estaban dispuestas a acoger a una niña proveniente de una ‘casa de tolerancia’. “Estaba mal visto”, explica el P. Donato.
Así que la solución de emergencia fue empezar con un pequeño donativo que les permitiera arrancar un mini-negocio sin tener que prostituirse. “Les dimos algo, pero no teníamos una casa de acogida y tenían que ir a dormir al prostíbulo”, lamenta el P. Lwiyando. Pero el misionero javierano es consciente de que necesitaban una casa de referencia. Así que se fue a visitar a unas monjas. “Me dijeron que no podían ayudar porque ya estaban atendiendo a mujeres violadas, enfermas del SIDA y embarazadas”. Primer fracaso ¿Qué hacer ahora?
Decidió visitar al alcalde de su ciudad, Bukavi, capital de Kivú Sur. “Me dijo que conocía la situación y que había tratado de atajarla con la policía”. Era verdad. La policía había realizado varias redadas, pero los ‘chulos’ eran capaces de deslocalizarse en tiempo real. Además, muchas chicas no conocían otro medio de vida. “Así que una vez que detuvieron a alguien, las chicas fueron a la cárcel para rescatarle”. ¿Pedir ayuda municipal? El P. Lwiyando le pidió al alcalde una parcela para construir una casa de acogida. El alcalde se la dio. “Yo dije que sí porque no la conocía, pero era una zona muy pantanosa, con muchos mosquitos y mucho calor; no era viable”. Y ahí se acabó la ayuda. El Ayuntamiento de Bujavi depende financieramente del Estado congoleño, cuyo presupuesto para el 2007 asciende a 2.000 millones de dólares, menos de la mitad del presupuesto español destinado a Ayuda al Desarrollo.
Así que con el proyecto a medio cocer, el P. Lwiyando regresa a España dejando a 4 señoras del pueblo encargadas de 7 chicas que ya tenían un pequeño negocio y sólo acudían a la ‘casa de tolerancia’ para dormir. Además, los sábados iban a recibir formación religiosa y socio-laboral con unas monjas. Lo bautizaron como ‘Movimiento para la Promoción de la Infancia y de la Mujer Desposeída’.
El proyecto arrancaba con más voluntad que medios. Pero la realidad se precipita cuando en abril de 2007, tres chicas de las ‘casas de tolerancia’ se quedan embarazadas. “¿Y ahora qué hacemos?”, se preguntan. Por supuesto, el ‘chulo’ las echó. “Tenían el riesgo de abortar y de morir en el intento; muchas se desangran al practicarse el aborto con unas hierbas”. No tenían dónde ir, así que decidieron arrancar el proyecto “sin saberlo y sin preparación”. Alquilaron una “casita” y acogieron a las tres chicas. Una de ellas, desgraciadamente perdió su hijo de manera natural; otra se fue con quien decía ser su marido; la tercera tuvo a su hijo en septiembre. Todavía sigue en la casita.
Actualmente cuentan con tres chicas nuevas, violadas en el campo con historias de terror inenarrables. Pero dos de las señoras voluntarias se han ido del proyecto. ¿Por qué? “Todo el mundo tiene muchos problemas; el voluntariado es muy complicado en un país arrasado como el Congo”, explica el P. Lwiyando. No es fácil. Según la ONU hay cerca de 25.000 mujeres violadas. Justicia y Paz repasa las parroquias para buscar casas de acogida para estas chicas. Además, hay que alfabetizar a las mujeres y ayudarles a externalizar lo que han vivido. “Y encima hay que reconstruir hospitales y atender a los que fueron encarcelados”.
Pero el misionero javierano no pierde la esperanza. Por eso la ONG fundada en España se llama ‘África Tumaini’ que en la lengua local significa “África Esperanza”. Junto a algunos colaboradores españoles trabaja por ofrecer continuidad a la casa de acogida. “Queremos darles una formación humana y profesional para ayudarles en su reinserción social en el futuro; por eso queremos enseñarles a coser, fabricar pan, hostelería, cosechar, ganadería”, apunta el P. Lwiyando que reclama apoyos para seguir adelante con esta labor. “Todas las niñas quieren salir de la prostitución y queremos acogerlas, pero nos faltan medios; confío en la solidaridad española para dar esperanza a estas víctimas de la barbarie”, concluye. Más información en www.africatumaini.org. Tel. P. Donato: 677 329 020.
Para colaborar con África Tumaini, pueden hacer donativos a la c/c 2038-1836-73-6000360124. El apoyo integral de una niña cuesta 45 euros al mes.
Sumarios:
- En las ‘casas de tolerancia’ las niñas prostituidas deben de pagar al ‘chulo’ un dólar por servicio
- Algunas de ellas han quedado embarazadas y les ofrecen un apoyo integral para evitar el aborto
- Un misionero congoleño funda una casa de acogida para niñas prostituidas con más voluntad que medios
- Necesitan recursos para la formación humana y profesional que permita su reinserción socio-laboral
- El Estado congoleño tiene un presupuesto para el 2007 de 2.000 dólares, la mitad del presupuesto de Cooperación para el Desarrollo español
Publicado en Semanario Alba - 12-18/10/2007